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Contra el terrorismo y frente a los partidos de la guerra

Artículo publicado en eldiario.es el 30 de noviembre de 2015 (enlace original)

El enemigo nos acecha, un presagio oscuro amenaza nuestras vidas y nuestra democracia. El terrible asesinato llevado a cabo por terroristas yihadistas en París ha servido para desatar todos los miedos atávicos. El miedo es con seguridad el sentimiento más fuerte de la especie humana. Es un sentimiento que nos ayuda a sobrevivir, pero que cuando se convierte en pánico, en locura, nos dirige directos al abismo. Pareciera que el horror que acabamos de padecer nos hace caer en las trampas de la sinrazón. Ni es el primero (11M, 7J, Charlie Hebdo) y tampoco será el último, y esa certeza es decisiva en la psicología de masas.

La mentira más consistente es aquella que se construye a partir de algo verdadero. Y el terrorismo que traspasa las fronteras es un hecho incontestable que, con su muerte irracional, provoca miedo y hace sentir la necesidad de dar una respuesta.

Pero ahí acaba la verdad. Todo lo demás es mentira. Es falso que con la guerra se acabe con él. Es atroz defender que asesinando población civil en Afganistán, Irak, Palestina, Siria o Yeme se acabe con el terrorismo. Es infrahumano relacionar terrorismo con refugiados y diversidad cultural.

Cuando las acciones terroristas se convierten en un fenómeno permanente nos revelan la existencia de una sociedad enferma que incuba el odio y la desesperación a través de la desigualdad, la miseria y la guerra. Más miseria, más guerra y menos derechos democráticos no harán sino acrecentar el problema. Cada acción bélica contra la población civil -es decir, todas las acciones bélicas- es el embrión de nuevos potenciales terroristas que tienen ya a quién vengar, que han sufrido en su carne la barbarie y entran en la espiral de la irracionalidad.

La terrible verdad es que son esos pueblos los que padecen un infierno. Por un lado sufren las consecuencias más brutales del terrorismo yihadista con miles de muertos. A ello se le suman los muertos por las intervenciones belicistas de los países occidentales y sus aliados. Y, finalmente, mueren en el Mediterráneo y nuestras playas al intentar escapar del horror.

Es muy fácil contaminar un depósito de agua, basta con verter una pequeña cantidad de un producto tóxico. Sin embargo, descontaminar el agua es un proceso lento, complejo y costoso.

De todas las mentiras que nos cuentan, sin duda la más grande, la más dañina, es la de hacernos creer que la seguridad tiene el precio de cercenar la libertad. Ese es el germen del autoritarismo, de la xenofobia, del nacionalismo patriótico más rancio y del militarismo. Y supone renunciar a lo único que realmente puede elevar al ser humano: las libertades democráticas.

Salvo Izquierda Unida, todos los partidos han acudido a la llamada de Rajoy, de “nuestro Gobierno”. Van a discutir con el partido de la guerra la forma de apagar los incendios. Pero mejor que “nuestro Gobierno”, debiéramos decir “su Gobierno”, el de la OTAN, el de las multinacionales, el de la gran banca, el de las petroleras, el de las empresas extractivas de minerales.  Porque son ellos, no nosotras, quienes nos han conducido a las guerras, quienes venden las armas y quienes obtienen los beneficios. Y eso les incapacita para luchar consecuentemente por la paz y contra el terrorismo.

La libertad engendra libertad y la limitación de los derechos democráticos y la guerra sólo engendran una sociedad autoritaria al servicio de una minoría. Por eso debemos elevar la voz de nuevo para proclamar ¡No a la guerra, no en nuestro nombre!

El paso más eficaz que podemos dar para erradicar el terrorismo yihadista es acabar con los gobiernos de Europa que están dirigidos por los partidos de la guerra.